miércoles, 10 de febrero de 2010

Escríbeme, su verdadera historia

Demandas a Luis Alfonzo Larrain, una amistad rota con Billo Frómeta y una militancia digna en la Acción Democrática de ese entonces, junto a su arte y amor por la música, son algunos de los rasgos de la vida del autor de «Escríbeme», compuesta en la cárcel de Ciudad Bolívar durante la dictadura perezjimenista.

Tal vez en algún momento de su tormentosa prisión evocó los días en que era pianista acompañante de Tito Guízar en Nueva York, y en que le daba por componer fox trot mientras vivía en la gran urbe buscando horizontes para sus ideas musicales adelantando la escalada de músicos latinos hacia la Gran Manzana.

Orquesta Swing Time, 1937

Tal vez alguna noche soñó que estaba nuevamente al frente de la Swing Time, la orquesta que fundó el 22 de mayo de 1937 (sirva la fecha para cotejar con otras orquestas que se dicen primeras), cuando sólo tenía 27 años y ni pensaba que con ella, con sus tremendos 14 músicos de avanzada, le daría el gran recibimiento a la Billo’s Happy Boys, y ni soñaba que alguna vez tendría que ser pianista acompañante del dominicano que le quitaría, según dijo, la autoría de la música de «Caracas vieja». Ni pensaba.

Tal vez se despertaría sudando en el asqueroso catre de Guasina sólo para pensar en las giras que hacía con Rafael Guinand, y los dúos de jazz con Antonio Lauro, o los solos de piano que creaba para Pedro Vargas y María Antonieta Pons. Solo en su catre meditaba acerca de los privilegios que la misma vida le había dado en razón de su calidad y su dignidad.

Tal vez despertó muchas veces con una letra en el pensamiento y un gran dolor en el alma. Guasina no puede causar otra cosa, además de la indignación que genera saber con el tiempo que ese, el primer campo de concentración que tuvo Venezuela, albergó tanta historia limpia, tanta humanidad compartida, tanta enfermedad del cuerpo y tanta dignidad de la conciencia.

Guillermo Castillo Bustamante, ese músico que soñaba con el tal vez, inició en Guasina la historia del más hermoso bolero, surgido de la más dolorosa historia, en las más adversas circunstancias.

Tal vez

Soñó, no lo dudamos, con sus amigos María Luisa Escobar, Vicente Emilio Sojo, Conny Méndez, Luis Peraza, Rházes Hernández López, Juan Bautista Plaza, Ulises Acosta, Inocente Carreño, Rafael Guinand...

Y soñó con su esposa Inés, con sus hijos, con esas reuniones clandestinas de Acción Democrática que le costaron el destierro en Cuba y México, y su captura por parte de la Seguridad Nacional, que no se llamaba. Era.

El multígrafo apareció en su memoria, y el periódico Combate también. Y apareció el 6 de abril de 1952, cuando fue capturado para ser torturado casi hasta la muerte.

Nunca delató. Nunca habló, aunque en medio de las torturas supo (mecanismo de presión) que su esposa Inés estaba presa. Y que sus hijos quedaban solos a la buena de la solidaridad de hombres como Héctor Monteverde, que mantuvieron a la familia en época adversa.

El Paraíso de la Seguridad Nacional, paradojas, se transformó en El Obispo. Y Castillo Bustamante, declarándose músico, no hablaba, pero pensaba.

Y El Obispo se transformó en la cárcel Modelo y ésta en un barco, el Guayana, que lo llevaría el 27 de julio de 1952, junto a 168 presos más, a Guasina; es decir, a la humillación, la incertidumbre, la soledad, la incomunicación...

Y Guasina se transformó en Sacupana cuando la primera fue inundada por el Orinoco, el Río Padre que con sus aguas parecía adversar a la dictadura. Pesaba 51 kilos el compositor, el acompañante de Guízar, el amigo de Sadel y Víctor Saume, el compañero de gremio de María Luisa Escobar.

Y Sacupana se transformó en la cárcel de Ciudad Bolívar, la cuna del hermoso bolero que le ha dado varias veces la vuelta al mundo, sin que hasta ahora, para reivindicación de su autor, se conociera la historia verdadera, que sólo le decían a uno «ese bolero lo compuso un tipo en la cárcel».

Escríbeme

Nunca le dieron permiso de visitas a Guillermo Castillo Bustamante. Haber sido compañero y amigo de Raúl Leoni, Ana Luisa Llovera, de Salom Meza Espinoza, Antonio Bertorelli y Luis Augusto Dubuc, pesaba. Más sus ideas y acciones.

Solo tuvo derecho a escribir una carta quincenal, de una cuartilla.

Inés, su esposa, estaba presa en Los Teques. Inés, su hija, no lo podía ver, pero era la encargada de hacerle llegar las noticias de la familia y de recibir las cartas.

El 14 de agosto de 1956, pensando en su hija Inés, Guillermo Castillo Bustamante compuso Escríbeme.

Fue auxiliado por el viejo piano que monseñor Bernal, obispo de Ciudad Bolívar, había hecho llegar a la cárcel para que Castillo Bustamante, arreglándolo, tocara. Y creara.

Con ese piano alegró la vida este hombre a más de mil presos, es decir, al hacinamiento humano que la dictadura había trasladado a tierras de Guayana.

Ciudad Bolívar se transformó en Catia La Mar, y en La Guaira, hasta que en septiembre de 1957 Guillermo Castillo Bustamante fue expulsado a Guatemala. Pero se quedó en Panamá. Y de allí pasó a Costa Rica.

La inmortalidad

En Costa Rica lo alcanzó Alfredo Sánchez Luna, Alfredo Sadel. Y allí conoció el tenor favorito de Venezuela el tema del amigo, se enamoró de él y comenzó a cantarlo.

Y regresó Sadel a Venezuela para llegar directamente donde Víctor Saume, en pleno Show de las Doce, y decirle que iba a cantar la canción más hermosa, mucho más hermosa que la primera grabada por él del mismo autor, Guillermo Castillo Bustamante. Y Víctor Saume, arriesgándolo todo, en plena dictadura de Pérez Jiménez, dijo que sí y la anunció con el nombre completo de su autor por delante. Alfredo Sadel entonó por primera vez para el mundo la letra de Escríbeme sin saber que en algún rincón de Caracas, Inés la hija, Inés la esposa, aceptaban con lágrimas la valentía de estos dos hombres a los que hay mucho que agradecer.

Escríbeme adquirió ciudadanía universal inmediatamente. Es el único tema que ha estado en primer lugar de preferencia radial en dos versiones al mismo tiempo. Alfredo Sadel y Lucho Gatica. Sadel sabiendo. Gatica sin saber de tanta humanidad escondida en una letra. En una música. En un bolero.

Luego vendría el retorno de Guillermo Castillo Bustamante a Venezuela, tras la caída de la dictadura. Vendría luego la gran decepción política, la pelea por retomar el crédito que perdió sobre tantos temas registrados por otros que creyeron que Castillo Bustamante se iba a morir preso. Vendría el trabajo modesto y el relegamiento en cargos por parte de quienes fueran en un tiempo sus compañeros de política.

Vendría también la gratitud del mundo.

Guillermo Castillo Bustamante falleció en su tierra el 6 de octubre de 1974. Pero tiene aún muchas cosas que decir. No han caído en terreno baldío su vida y su obra. Obra que merece otro capítulo. Otro espacio.

Queden consignados el tremendo afecto y las lágrimas con que escribí esta nota. Y el pedazo de corazón con que seguí esta historia para reivindicación del autor y de su inmortal bolero Escríbeme. Por eso escribo.


Lil Rodríguez

(Revista Imagen, junio-agosto de 1998)

Alfredo Leal

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