viernes, 14 de mayo de 2010

MariaMagda, la eterna reina del folclor


Esta es la presentación que hiciera María Magdalena Colmenares en la 4ta Reunión de la Sociedad Tamunanguera de Caracas en la sección "Mis recuerdos del tamunangue" donde personas diversas exponen su relación con esta fiesta tradicional del estado Lara. Está excelente y de seguro les gustará.

¡Ay Yiyivamos! Vínculo de sangre y tierra:pura Pasión



1. Ay Yiyivamos! Pura pasión! Vínculo de sangre y tierra, por la gracia divina
Agradezco a los amigos de la Sociedad Tamunanguera de Caracas la invitación a compartir con otros “tamunangófilos”, mi pasión por esta tradición musical y danzaria de mi pueblo natal, El Tocuyo.
Acompaño y respaldo desde la primera idea, la iniciativa de crear esta Sociedad, como red de apoyo mutuo entre los amigos del Tamunangue o tamunangueros que vivimos en Caracas. Decidimos organizarnos para que nuestro disfrute de esta tradición se proyecte a muchos y perdure, creando significados para nuevas generaciones, aunque no vivan en tierra larense.
Gracias José, por habernos abierto camino con tu testimonio personal. Hoy es apenas un compartir oral con esta audiencia muy selecta, pero nuestra aspiración es que lleguemos a reunir muy diversas historias personales sobre la significación de esta tradición, desde aquellos a los que le llegó como legado de familia y por haber nacido en pueblos de Lara, como es mi caso, como un vínculo de sangre y tierra; o aquellos que no siendo larense, por adopción, escogieron la devoción a San Antonio, los cantos de golpes y Tamunangue y propiamente el baile de los sones de Tamunangue, como recurso expresivo, como arte, como devoción o modo de vida.
Lo que hoy voy a compartir no es un tratado sociológico del Tamunangue. Soy socióloga, pero mi vinculación con esta danza está lejos de ser como investigadora de la misma, más bien, y por gracia divina, es como cultora del Tamunangue, como heredera de una tradición de familia y de mi pueblo natal. Así que no esperen una disertación acerca de los asuntos que se debaten sobre lo que es esencial o no a esta tradición. Hoy solo espero compartir con ustedes mi historia de vida muy personal con el Tamunangue: su significación a lo largo de mi ciclo de vida. ¡Pura pasión!.

2. Ay Mi padre San Antonio!. Homenaje a mi padre en su Batalla final

El Tamunangue: “Póngase Colmenares”. Un legado cultural familiar. Yo tengo fotos de muy niña con el “póngase Colmenares”. Mi papá, Crispiniano Colmenares Peraza, orgulloso de su negritud quería que todos sus hijos fuésemos alegres bailadores de Tamunangue, como él y como su padre Crispiniano Colmenares Escalona, quien enamoraba a las muchachas con su cuatro y su guitarra. Mi papá, para probar filiación, percutía la madera del corral de bebé de sus hijos y entonaba el “Juruminga no máa…” o el “Ay Yiyivamos oe vangué, arriba negra”... Si se nos iluminaban los ojos y movíamos las paticas era una demostración del sello Colmenares. Para él, una prueba más contundente de ser de la misma sangre que el mismo examen de ADN. A sus cinco hijos les hizo la prueba, pero como yo fui la primogénita, conmigo se instauró aquello de que “ponerse Colmenares” era estar alegre y moverse al son del “Baile de negros”. Ponerse “Lozada”, el apellido de mi madre, en cambio era estar seria y circunspecta. Esta combinación de seriedad y alegría me ha servido muchísimo en la vida. Otro testimonio de vida le debo a los aprendizajes que vienen de Dulce María, mi madre amada.
Sigamos con mi padre. El pertenecer a la familia Colmenares tenía muchos mandatos: ser una Colmenares era ser una buena tocuyana, en fin, una buena ciudadana y eso pasaba por apreciar y modelar:
a) El valor del trabajo. Cultivar la tierra y amar la vida del campo. De niña ser agricultora se parecía a madrugar “para coger agua clara”, chuquear palos para bajar mangos, mamones y cerezas; chupar caña dulce, montar caballo y poner lazos en los toros coleados. Unido a este gozo de la vida de campo iba el orgullo de ganarse la vida trabajando, “con el sudor de la frente, hijita”, de ser una buena estudiante, de “no dormirse en los laureles”, de no contar con los bienes materiales de la familia. Mis abuelos de padre y madre fueron agricultores, mis padres, mis hermanos y mis sobrinos también lo son. Y seguimos siendo agricultores y ganaderos activos en el municipio Morán y Torres, así como amantes de caballos y cabalgatas, por la gracia de Dios. Y la vida se nos va en ello.
b) El goce del canto y baile de la música tocuyana. Desde muy niña –y tengo recuerdos desde el kínder- me vestían de fiesta, es decir de Tamunanguera y me pintaban la boca y me adornaban con flores la melena cada vez que había algo que celebrar. Como ven, para mí el Tamunangue llegó primero como fiesta y luego como devoción. Y así ha sido, abuelos, padres, hermanos, hijos, sobrinos y nietos de mi familia bailan El Tamunangue. Este baile no se aprendía en una escuela de Tamunangue, ni en talleres, ni en la escuela primaria, se aprendió como se aprende todo lo que llega por tradición familiar, por imitación, por práctica cotidiana. Nosotros además, teníamos la suerte de ser vecinos de Don José Ángel Rodríguez López y Doña Rita Anzola de Rodríguez. Don José Ángel, era el músico de escuela más destacado del pueblo, el creador de la música y letra del himno del Tocuyo y Doña Rita y sus hijas, las artífices de la escuela de música, de Las Campanas de El Tocuyo y las organizadoras de los “actos culturales” para las grandes celebraciones del pueblo. Así que tuve la dicha de tener vivencias de la música popular y la música académica, y encontrar que una y otra no competían, sino antes bien se entreveraban para educar nuestro oído a las armonías y sonidos significantes y placenteros.
c) El orgullo de la piel morena, de hecho, mis hermanos más blancos, más “Lozada” en la piel, tenían que hacer mas piruetas para ganarse la gracia de papá, que los que fuimos bendecidos mas negritos. Sin embargo, mi abuela Magdalena, que era de piel más clara que el abuelo negro, hizo su trabajo de blanqueo con esta “negrita”. Recuerdo que me mandaban de vacaciones con la abuela y ella aprovechaba para bañarme con agua tibia y estrujarme avena con un estropajo o una tusa para aclararme el cuero. En las noches me embadurnaba con una crema de Concha de Nácar que encargaba de Colombia y Chile. Esta crema se empegostaba tanto, que en la mañana para sacarla de cara y brazos tenía que enjuagarme con el agua caliente del maíz pilao de hacer las arepas. Esto recuerdo haberlo vivido al menos en dos vacaciones porque después me resistía a las torturas del blanqueo, me daba pudor que ella me bañara y además, era completamente inútil, porque yo adoraba achicharrarme bajo el sol.
d) La fe católica. Mi infancia estuvo bendecida por la devoción a la Virgen María -en su advocación de La Valvanera (virgen vecina de los cañaverales de mi familia y del Central Tocuyo), La Inmaculada Concepción (patrona de El Tocuyo y la Divina Pastora (Madre espiritual de los larenses) - y a San Antonio (patrón del Tamunangue). De niña me encantaban los meses de mayo, junio y diciembre. El de mayo porque era el mes de la Virgen, de las Hijas de María (yo era Hija de María), de las flores, de las madres, de la Cruz de Mayo, había actos culturales en la escuela y me vestían de angelito en la iglesia, y también me pintaban la boca. El de junio me gustaba porque era el mes de San Antonio y del día del padre. Tengo recuerdos desde muy temprana edad en celebrar cada año – cada 13 de Junio - la misa a San Antonio, en la Capilla del Asilo San Antonio de las Hermanitas de Los Pobres. Celebrada con todo fervor la misa, pagadas las promesas a que hubiera lugar, bendecido el pan de San Antonio y llevado el santo en procesión a son de Batalla, estábamos listos para la festividad popular. El mes de diciembre me encantaba, por las misas de aguinaldo, las parrandas musicales de casa en casa hasta el amanecer, la fiesta familiar de preparación de las hallacas, los pesebres y los regalos del Niño Jesús. La religiosidad también se me sembró virtuosamente entreverando el rito católico oficial y la práctica popular en la que se mezcla -sin pudor ni culpa- devoción y fiesta.

3. A la bella bella. Ay be!. De niña fue entre gusto y susto y entre rito y fiesta

Efectivamente mi recuerdo de niña con el Tamunangue está lleno de emociones gratas imborrables. Yo asocio Tamunangue a un sustico en el estómago por los nervios de bailar en público y por la emoción de esperar el turno en que me llegara la vara para poder bailar. Mi papá era un apasionado defensor y cultor del Tamunangue, así como mis tíos José Rafael y Vicencio y los primos Raúl y “Chusito” Colmenares Guedez. Por supuesto, que en la camada de primos tengo varios que defienden y disfrutan el Tamunangue y los golpes tocuyanos como la más preciada herencia cultural, Aura Cecilia, Bolivia Cristina, Raulito y Chema, María del Valle e Isabel entre los más “fiebrúos”. Mis tres hermanos entran en esta categoría de super-fiebrúos, José Crispi, José Tomas y José Leonardo. Bolivia y María del Valle, además fueron coronadas Reinas del Folklore. Tamunangue a toda hora, como si fuera comía! … como dice la copla. En mi familia se organizaba un Tamunangue por cualquier motivo de celebración, para bautizos, bodas, cumpleaños y hasta para enterrar a nuestros deudos. La verdad es que el mejor recibimiento a una figura pública o visitante distinguido era invitarlo al mango de la Estrella, preparan un mondongo de ovejo y bailarle un Tamunangue con la correspondiente serenata golpera. Recuerdo haberle bailado Tamunangue a todos los Presidentes de Venezuela desde la caída de Pérez Jiménez. Sólo me faltan Ramón J. Velásquez y Chávez.
Bueno… sigamos con los recuerdos. La celebración más popular era el propio día de San Antonio, día de gran júbilo en el pueblo, era día para estrenar una faldita floreada, una camisa blanca descotada y unas alpargatas bordadas con fieltro por mi abuela Magdalena… por supuesto, día propicio para pintarse la boca. Todo el pueblo disfrutaba de la famosa vendimia en la que se organizaban kioscos con comida criolla que preparaban las voluntarias del Asilo y que vendían para financiar la atención de los ancianos. Mi mamá y mi papá tenían responsabilidades muy activas en esta vendimia y había que ayudar -porque yo era la mayor- en la preparación de las comidas y bebidas, en la venta de los tickets y en el espectáculo musical. Ese día se organizaba una gran tarima central en la que, todo el día, se bailaba Tamunangue y se cantaban golpes tocuyanos. En esa tarima yo aprendí a bailar Tamunangue, todos los sones excepto La Batalla que era derecho exclusivo de hombres. Bailaba con cualquier “parejo” o con niños de mi edad, pero mis preferidos eran mi papá y el “tuerto” Valentín Pérez -hermano de José María Pérez- el gran capitán del Tamunangue del Tocuyo. Mi primer entrenamiento formal en Tamunangue fue como delegación infantil de Tamunangue para la inauguración de la Concha Acústica en Barquisimeto. Tendría yo siete años, cuando en el garaje de mi casa, Valentín Pérez nos preparó a un grupo de tres parejitas infantiles, por primera vez, para representar el Tamunangue en un gran escenario.

4. Dime lucero. De joven fue como embajadora cultural, de feria en feria. Se selló mi compromiso con lo popular

Mi celebración de quince años no fue un viaje a Europa ni una fiesta de “presentación en sociedad” en el Country Club de Barquisimeto o en el Club Concordia de El Tocuyo, como las chicas de mi edad aspiraban. Mis quince años me encontraron en 1966, coronada como Reina del Primer Festival Folklórico del Estado Lara. Concursamos 6 jóvenes representando a nuestros respectivos municipios. Cada una cantaba, tocaba y bailaba la música popular de su localidad. Yo representé al Municipio Morán, capital El Tocuyo y competí con las candidatas de Barquisimeto, Carora, Quíbor, Siquisique y Cabudare. Mi amiga Rosario Anzola, quien representaba al municipio capital y yo, nos ganamos la preferencia del público, ella con sus valses y yo con mis golpes. Siempre digo que yo no gané, que el Festival lo ganó El Tamunangue del Tocuyo, por la fuerza de su historia y la vigencia de su significado para los pueblos de Lara. Así que mis 15 años me sorprendieron como una figura pública, que después del festival era conocida y apreciada en los pueblitos más recónditos del Estado Lara por cantar golpes y bailar Tamunangue. Fue un momento de estrellato para El Tamunangue de El Tocuyo.
Sin duda, este festival ha sido uno de los eventos que más ha marcado mi vida pública, fue como un lanzamiento a la arena de la popularidad sólo por la gracia de cantar los cantos de nuestra tradición musical larense, pero también fue un mandato de sensibilidad por el sentir de la gente humilde y sencilla, la gente del pueblo, nació una responsabilidad con ese pueblo que tanto amor me obsequiaba. Creo que ahí nació mi vocación por la Sociología. En 1966 y 1967 hice de embajadora cultural del Estado Lara, con el Grupo de Tamunangue de los Hermanos Pérez, cantando y bailando en las principales ferias de Venezuela. De estos tiempos, guardo como testimonio fílmico una película que produjo Armando Roche y Ángel María Hurtado sobre el Tamunangue de El Tocuyo, que hoy se conserva como pieza cultural en el Museo del Hombre de la Unesco y cuya copia reposa en el archivo de los Talleres de Cultura Popular de la Fundación Bigott.
Al año siguiente, me eligieron Reina del Azúcar de Venezuela (1967-68) en un concurso de hijas de cañicultores venezolanos, y represente al país en la Feria Internacional del Azúcar de la ciudad de Cali, en Colombia. De nuevo hice de embajadora cultural, ahora de mi país, y me acompañó - una vez más- el Tamunangue de José María Pérez. Así que de los 15 a los 18 años, compartí mis estudios de bachillerato con una intensa actividad musical. Anduve, con mis padres y mi Tamunangue, de feria en feria, difundiendo con amor, la muy alegre música larense.

5. Soy una cartilla abierta. Soy una lanza tiráa. De adulta se sella la conciencia y el orgullo de pertenecer y perdurar

Mis años como joven adulta (18 a 24 años) fueron de concentración en los estudios universitarios y muy poca actividad musical. Me mudé a Caracas para estudiar sociología en la Universidad Católica “Andrés Bello” y vivía como cualquier estudiante del interior, en residencias estudiantiles.
Al graduarme, me casé y regresé a trabajar en Barquisimeto -como Directora de los Servicios Estudiantiles- en la Universidad Centro Occidental “Lisandro Alvarado” (UCLA). No tenía ni un mes trabajando cuando el vigilante de esta Dirección, el muy querido Román Fonseca, se acerca a pedirme permiso para usar el garaje de la oficina para una actividad muy especial. El estaba organizando un grupo de Tamunangue con obreros y empleados de la UCLA y necesitaba lugar para los ensayos. Santo, quieres misa?. Pues aquí se encontraron el hambre y las ganas de comer. Con este grupo, en poco tiempo, ya estábamos presentándonos en los Núcleos de Rectores, Vicerrectores, Directores de Cultura y cuanto evento científico, gremial o estudiantil había en la universidad. En 1978 recibimos la invitación a presentarnos en el Festival Internacional de Teatro que realizaba el Ateneo de Caracas. En este, fuimos seleccionados como el grupo que representaría a Venezuela en el VI Festival Mundial de Artes Tradicionales, a celebrarse en Rennes, Francia, en marzo de 1979. Morella Muñoz y María Teresa Chacín habían sido hasta entonces las representantes de Venezuela en anteriores festivales, así que éramos el primer grupo musical en asumir ese reto. Viajamos con el Grupo de Tamunangue “Los Negros de San Antonio” dirigido por Román Fonseca e integrado por obreros y empleados de la UCLA. Recorrimos 19 ciudades francesas, dos belgas, dos holandesas y dos españolas. Fueron 25 días de intensísima actividad musical, en ocasiones teníamos dos presentaciones por día. Hacíamos las presentaciones en francés, inglés o español según la audiencia. Mi prima Aura Cecilia Colmenares, quien hoy les ofreció el taller de Tamunangue al estilo tocuyano, fue nuestra estrella traductora y bailadora. Después de esta importante experiencia internacional, Los Negros de San Antonio fueron muy reconocidos y la UCLA los consideraba como embajadores culturales de la universidad y del Estado Lara.
Por esta fecha, yo tenía 28 años y Daniela, mi primera hija ya había nacido, comenzaba a caminar y con ello, a dar sus primeros pasos de Tamunangue. Yo me la llevaba a los ensayos y a las presentaciones, le tenía su traje de Tamunangue y sus alpargaticas. Realmente puedo decir que aprendió a caminar y a bailar simultáneamente.
Trabajé 10 años en la UCLA (1974-1984), desde allí organizamos con el Instituto Nacional de Folklore, el Seminario sobre la vigencia de la tradición oral del Tamunangue (1980), realizamos un encuentro de capitanes de Tamunangue al que asistieron sus tres cultores más importantes, José María Pérez de El Tocuyo, León Rojas de Sanare y Candelario Oropeza de Curarigua, en demostración de la valía de la diversidad de modos como cada localidad interpretaba este baile. Quedó una memoria documental con las ponencias y discusiones de este encuentro y un video sobre el compartir musical, el que también se guarda en los talleres de la Bigott, donde mi hija Daniela, de 3 años, baila El Galerón con Orlando Colmenares, del grupo de Tamunangue de Los Hermanos Rojas, de Sanare.
San Antonio hizo lo suyo. Hoy estoy casada con Manuel Antonio Ortiz, quien es esa época era Director del Instituto Nacional del Folklore con quien organice este seminario y después -en segundas nupcias- mi vida familiar. Doy fe que no es borrachito, ni parrandero, como es la mala fama de los novios que consigue San Antonio. ¡Se casó el etnomusicólogo con la Tamunanguera; la ciencia y el jaleo juntos!
Desde 1984 vivo en Caracas y mi actividad musical en escenarios públicos ha sido más esporádica. No obstante, en todos los lugares donde he trabajado en el sector público (Ministerio de Familia) y más recientemente en un organismo internacional de desarrollo (1999-2009), el Tamunangue y los golpes tocuyanos han sido mi cédula de identidad personal, mi sello de orgullo y distinción, mi modo de alegrarle la vida a la gente.

6. ¡Ay ya ya yay si la gracia se comprara!

Hoy por hoy: es mi modo de sintonizar con la energía creativa de esta “Tierra de Gracia”, “Guaraleo” y paso el testigo de la gracia del tocuyanismo
Hoy a mis 58 años, celebro mi suerte. Bendigo la gracia de ser tocuyana, tamunanguera y de estar jubilada y jubilosa cantando golpes y Tamunangue. Es una dicha seguir cantando como cantaron mis abuelos y mis padres, y hacerlo con mis hijas, hermanos y sobrinos cada vez que un encuentro familiar nos mueve a compartir nuestros tesoros musicales. De hecho, ya el Tamunangue en nuestra familia vale no solo para momentos de alegría, sino para cuando la tristeza nos sobrecoge por la pérdida de un ser querido. Entonces, también entonamos golpes y Tamunangue para encaminar a nuestros deudos con esos cantos como oración de despedida. Así lo hicimos cuanto despedimos a mis jóvenes primos Colmenares Paredes (El Catire y Alonso), a mi tío José Rafael, el tío Fel, y a mi papá, la más reciente ganancia en el cielo de nuestra familia.
Hoy Daniela, mi hija mayor sigue acompañándome, ahora como miembro del grupo musical El Guaraleo, grupo vocal integrado por guaros que vivimos en Caracas y que se reúne semanalmente para cantar los cantos de nuestra tradición. El grupo nació sin ninguna pretensión de escenario, pero en pocos meses, hemos recibido invitaciones para “ensayar en público”. Este encuentro de guaros en La Capital ha significado mucho para todos, apreciamos altamente este espacio de recreación colectiva, de red de alegría compartida, de cruzada del buen humor, que nos sube las endorfinas y nos permite vibrar en un tono armónico, artístico, constructivo, por encima de la polaridad infructuosa que hoy agobia a esta “Tierra de Gracia”.
Los años pasan y el Tamunangue sigue vibrando y significando. Ahora más profundo por la conciencia de su valía. Esta siembra en Venezuela con mis tradiciones musicales tocuyanas fue una escuela de ciudadanía.
Qué aprendí con el Tamunangue?: un modo de vida virtuoso – y esa es su gracia- es un modo de vida que integra armónicamente:
• lo tradicional y lo moderno,
• lo humano y lo divino,
• lo académico y lo popular,
• lo familiar y lo comunitario,
• lo local y lo global.
En fin, en mi patrimonio cultural tengo la conciencia y orgullo de pertenecer a una “tierra de gracia” y a la vez, sentirme ciudadana del mundo.
Y hoy con este relato, rindo homenaje a mi padre y a mi abuelo negro.
Bueno amigos, ya el testigo está en las manos de mis hijas. Las dos cantan golpes tocuyanos y bailan Tamunangue, con pasión. El legado musical y cultural les pertenece y perdurará. Nadie les “quita lo bailao”, como dijo Lola Flores con relación a su pasión flamenca. Podemos perder unas tierras, una casa, un capital financiero, pero nunca el patrimonio cultural que está sembrado en nuestras venas y que ya se hizo savia de la humanidad. Mis hijas son orgullosas de su gentilicio larense y hacen honor a su musicalidad. Así será con mis nietos, por la gracia de Dios que es el que nos dio la gracia. Así reza “La Barquilla”, que es el golpe que más he cantado en mi vida.

Ay ya ya yay si la gracia se comprara
ay ya ya yay la gracia comprara yo
Ay ya ya yay pero la gracia la tiene
Ay ya ya yay aquel que Dios se la dio
María Magdalena Colmenares




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Alfredo Leal

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1 comentarios:

  1. Que lectura tan amena me encontré, buscando precisamente el golpe tocuyano la barquilla con María Magdalena, en su lugar encontré este escrito, que me transportó a mi niñez en mi Carora natal, admiro a María Magdalena por llevar nuestro folclore a todas las latitudes, yo también defiendo mis golpes y música larense. Felicitaciones.

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